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La fe que habita mi cuerpa

Justicia sostenida desde el seno: esperanza desde niña

Mónica T. Álvarez–

A manera de introducción: Unas palabras sobre violencia sexual y búsqueda de justicia

Para quienes sobrevivimos violencia sexual, resignificar nuestras historias es parte del proceso de sanación. La salud integral no sigue un camino lineal. Recordando las enseñanzas del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, la pienso como un caracol: una espiral de memoria, dolor, sanación y resignificación que vuelve sobre sí misma en distintos momentos de la vida.

Escribir no es solo sanar mi historia, aunque lo es, también es un acto de reconocimiento y solidaridad con todes les sobrevivientes de abuso sexual en el mundo. Escribir nos permite construir redes de resistencia y generar conciencia sobre las afectaciones que la violencia sexual deja en nuestras cuerpas. Aunque la violencia que viví ocurrió hace más de veinte años, hay momentos en que mi cuerpa me devuelve a la misma indefensión que sentí de niña.

Mi historia no está aislada. Es la realidad que enfrentan innumerables niñes en todo el mundo. Nuestra obligación es generar leyes y políticas públicas que protejan efectivamente a la infancia, y construir comunidades de fe con tolerancia cero a la violencia sexual, con protocolos claros para acompañar a les sobrevivientes. La reparación del daño que busco es la no repetición de los hechos. Solo así puedo imaginar sanar plenamente mi propia historia.

Sobre metodología: Asumiendo nuestra cuerpa como lienzo teológico

Desde mediados de enero, tras un accidente en moto, que mi pareja y yo vivimos, entré en una crisis de salud física y emocional: el lupus se activó, la fibromialgia regresó y el estrés postraumático complejo volvió a mi vida. En medio de este caos, me permití escribir para sanar.

La teología se escribe desde la cuerpa, desde la vulnerabilidad, no desde la perfección. Continué escribiendo desde el lugar donde las Diosas me dejaron: enferma, adolorida, pero viva, creyente y en búsqueda de justicia. La reflexión surge de la necesidad de encarnar la teología y de reconocer que las locas, las lesbianas y las enfermas también merecemos ser reconocidas como hijas dignas de la Divinidad.

La metodología que propongo:

  1. Vivo y habito mi vulnerabilidad. 
  2. Esa vulnerabilidad se fortalece en mi experiencia espiritual. 
  3. Analizo esa experiencia a la luz del texto bíblico. 
  4. Regreso la reflexión a mi propia cuerpa. 
  5. Leo esa experiencia en colectividad. 

La teología no nace primero en los libros, sino en la vida, el dolor, la espiritualidad, la cuerpa y la comunidad. Esta propuesta de teología de la cuerpa como lienzo teológico articula cinco movimientos: vulnerabilidad, espiritualidad, texto, cuerpa y colectividad.

Habitándome en plena crisis de Estrés Postraumático Complejo: viviendo mi propia vulnerabilidad

El estrés postraumático complejo es sentirse rota. Es volver a ser niña mientras te violan, sentir que tu cuerpa y tu mente te traicionan. Es que la música, los olores y los lugares te trasladen a esos momentos de dolor. Es paralizarse otra vez, volver a tener 7, 8 o 9 años en lugar de 30.

Es sentir ardor, levantarte creyendo que tienes semen en tus manos y lavarlas desesperadamente. Es recordar que todo pasó hace más de 20 años y aun así sentir que tu cuerpa vuelve a vivirlo. Es gastar dinero en psiquiatras, pagar medicamentos impagables, y enfrentarte a una fibromialgia que quizá esté ligada al trauma.

Pero también es escribir para narrar tu historia diferente. Es trabajar, cuidar, hacer activismo y escribir teología cargando el peso sobre tu espalda. Es reconocer que no estás sola, que esto es el pan de cada día de muchas otras personas. Es indignarte, sentir que la justicia no existe, y aun así seguir intentando. Seguir amando, seguir disfrutando de la vida, seguir reinventándote.

Desde esta vulnerabilidad, la cuerpa se convierte en lienzo teológico, el espacio desde el cual podemos nombrar, cuestionar y resignificar la experiencia del dolor.

¿Cómo me acompaña la Diosa en el proceso de volver a unirme? Fortaleciendo mi vulnerabilidad desde la propia espiritualidad

Noche de Domingo de Ramos en que la Divinidad se pintó de ausencia en mi cuerpa.

La noche del Domingo de Ramos no dormí nada. Me la pasé en vela. Recordé algunas sensaciones de los momentos en que mi profesor introducía su pene en mi boquita. Un calor que arde mucho. Me recorre los labios, la lengua, el paladar y la garganta. Me paralizo. No puedo moverme. Siento sus manos marcadas en mis hombros. Me ahogo. No quiero sentir su piel en mi lengua. Lo odio. No me puedo mover ni dejar de sentirlo. Quiero que deje de hacerlo. Por favor, sal de mí. Déjame en paz. ¿Cómo salgo de aquí? ¿Cómo lo paro? Ya no quiero sentir. Prefiero los flashbacks a las sensaciones. Esto es atroz.

Comencé a llorar. Perdí la noción del espacio y del tiempo. Sólo sentía mi boca arder. En algún momento me reconocí en mi cama, en Cuernavaca. Mis manos estaban en puño, completamente apretadas. Mis cachetes llenos de lágrimas. Mis piernas tensas, mis dedos contraídos, la mandíbula rígida, el cuello y la espalda duros. Toda mi cuerpa estaba en un grito de dolor.

En ocasiones odio que la vida me obligara a nombrarme sobreviviente. No quiero necesitar ser valiente. Me dio miedo volver a dormir.

Entonces me pregunté: ¿Dónde está la Diosa? ¿Cómo se siente la Divinidad en medio de una crisis de Estrés Postraumático Complejo? ¿Será ausencia? ¿Será que la desesperación y el dolor te impiden verla? Tal vez esté bien permitirse no sentirla en algunos momentos. En ocasiones sentir su silencio, en otros su abrazo, y otras veces sólo hablarle con la certeza de que nos escucha de regreso. Esa noche sólo fue ausencia. Y la tuve que enfrentar así.

Noche de Lunes Santo y una Diosa que se mimetiza en mi cuerpa vulnerable

Vi el frasco de risperidona y dudé por un minuto. Aún no estaba lista para tomarla. Sentirlo es más duro que verlo. Es vivirlo nuevamente. Es que mi cerebro olvide que tiene 30 años y regrese a cuando era una niña. Sólo lo siento cuando debería dormir. No quiero dormir. Me niego a que regrese.

Una lágrima recorrió mi mejilla. Sabía que eso era imposible. Tengo que dormir.

Coloqué lentamente mi mano derecha en el hombro izquierdo mientras que mi hombro derecho sostenía mi mano izquierda. Mis codos se cruzaban a la altura del pecho. Así, dándome un abrazo de algodón de azúcar, me susurré: “Mónica, voy a ser lo más suave y amorosa posible. Entiendo que no quieras dormir. Nadie quiere revivir sensaciones tan brutales como las que has experimentado. En verdad siento mucho que estés recordando esto. No dormir no es ninguna solución. Aún con miedo debemos intentar cerrar los ojos. Estás en un lugar seguro. Eres una mujer de 30 años muy chingona. Necesitamos dormir para poder construir una sociedad en la que ningún otre niñe viva la misma atrocidad”.

Lentamente me separé de mí. Mientras intentaba abrir el frasco pensé que era una pócima mágica. Por favor, recuérdame lo bueno de trasladarme a mundos llenos de imposibilidades. Sácame por una noche de la realidad que me lleva a querer desaparecer.

Dormí como una gatita en un día lluvioso. No apareció magia, lo que es una tragedia. Sin embargo, tampoco me desperté llorando por sentir el infierno en mi boca.

La Diosa me acompaña recordándome que la vulnerabilidad no es debilidad. Cada oración, cada susurro, cada canto que resuena en mi cuerpo herido me fortalece. En esos momentos siento que mis pedazos se unen, que la cuerpa vuelve a ser un espacio sagrado, y que mi historia puede ser contada sin vergüenza ni miedo.

La espiritualidad me recuerda que la sanación no depende de la perfección ni de ocultar el dolor. Me acompaña en la reconstrucción de mi cuerpa, en la aceptación de mis límites y en la confianza de que, aunque herida, sigo viva, creyente y en búsqueda de justicia.

La vulnerabilidad se transforma en fuerza, y la fuerza se transforma en teología cuando se reconoce como digna y sagrada.

Teología del vientre y del seno: leyendo el Salmo 71 desde una Diosa que apapacha mi cuerpa violentada

El Salmo 71 habla de una Divinidad que acoge y sostiene desde el vientre materno. El salmista reconoce: “Porque tú, Señor, fuiste mi esperanza y mi confianza, Señor, desde mi juventud. En el vientre materno ya me apoyaba en ti, en el seno tú me sostenías.” Leer este salmo desde mi cuerpa es un acto de resistencia y de justicia: Dios no me condena, me apapacha y me devuelve la dignidad que la violencia intentó arrebatarme.

Recuerdo el momento en que una religiosa nos dijo: “Aun si las besaron sin su consentimiento, la mujer pierde su pureza ante los ojos de Dios cuando recibe su primer beso en la boca”. Tenía 13 años y, en ese instante, sentí como un balde de agua fría recorriera mi cuerpo. La sensación de impureza me destruyó.

Llegué a mi casa, me encerré en mi cuarto y lloré. Hablé con Jesús. Le dije que Él sabía que yo no lo había pedido y que nunca lo había provocado. Descargué mis lágrimas mientras, en mi imaginación y en mi fe, Él me sostenía en su seno. En ese momento recordé las palabras del salmista: “Tú eres mi protector desde el vientre de mi madre; en ti he esperado siempre.” Contrario a lo que muchas personas dicen, soy pura a los ojos de la Divinidad. Desde mi boca cuento la justicia de su vientre materno y del sostén de sus senos.

El vientre y los senos de la Divinidad se convierten entonces en símbolos de protección, justicia y reparación. El mismo salmo afirma que Dios es refugio y esperanza desde el inicio de la vida. Divinidad justa es aquella que da esperanza a les niñes sobrevivientes de violencia sexual, incluso cuando están inmerses en la más profunda desesperanza. Durante muchos años sobreviví gracias al refugio que me proporcionó ese acercamiento con lo Sagrado. Por lo tanto, si la Divinidad me sostuvo desde el vientre, entonces la violencia que viví no define mi dignidad; la define la Divinidad que me sostuvo desde antes que el mundo me hiriera.

Medicamentos, descanso y gracia: regresando a la cuerpa como lienzo teológico

A veces la gracia llega en forma de cuidado concreto: un medicamento, un descanso, un gesto de ternura, una pausa que permite que la cuerpa respire y recupere su ritmo. La risperidona, por ejemplo, se convierte en leche que sostiene mis senos y me permite dormir sin miedo, haciendo posible que mis pensamientos de trauma se suavicen, que la ansiedad ceda y que mi cuerpa vuelva a sentirse segura. Así, la medicina y la fe se entrelazan en un acto de teología encarnada: Dios no está solo en los libros, en los sermones o en las palabras, sino también en el alivio que permite que la cuerpa viva.

Cada dosis que me permite dormir, cada instante de descanso, se vuelve un acto de escucha y confianza en esa promesa de sostén. La cuerpa que antes se sentía frágil y traicionada encuentra refugio en la gracia que llega como medicamento, como calor, como silencio seguro. Cada respiración tranquila se convierte en oración; cada momento de alivio, en teología viva.

La teología se escribe desde la cuerpa, desde el cuidado, desde la gracia que se materializa en gestos simples y cotidianos. En cada descanso que me permito, en cada sorbo de agua, en cada inhalación profunda que calma mi pecho, en cada lágrima que se deja caer sin juicio, se revela la presencia de lo divino. El vientre y los senos de la Divinidad se muestran entonces como símbolos de protección y reparación, sosteniendo mis pedazos, abrazando mis miedos, devolviéndome la dignidad que la violencia intentó arrebatarme. La sanación no es siempre heroica; muchas veces es silenciosa y humilde, un susurro de cuidado que sostiene la vida y recuerda que incluso la vulnerabilidad tiene un lugar sagrado. La cuerpa, sostenida y escuchada, se convierte en un lienzo donde la teología se escribe con la experiencia viva del alivio, de la ternura, de la gracia que llega cuando más se necesita, y donde la promesa de Dios de “no me desampares” se encarna en cada gesto de amor hacia una misma.

Sanación como no repetición de los hechos: lectura desde la colectividad

Mi historia no está aislada. Es la triste realidad que enfrentan innumerables niñes en todo el mundo, y sus voces, sus cuerpos, son escuchados por la Divinidad que no olvida ni abandona. Señorita Esperanza, Espíritu de Justicia, ayúdanos a tejer leyes y políticas públicas que sean refugio seguro, que protejan las infancias de la violencia y de la indiferencia. Que nuestras iglesias y comunidades de fe sean altares de protección, con tolerancia cero a la violencia sexual, con protocolos claros para acompañar y sostener a quienes sobrevivieron.

La reparación del daño que busco no es solo para mí; es un canto colectivo que proclama la no repetición de los hechos para nadie más. Es la única manera en que puedo imaginar la sanación de mi historia, mientras caminamos juntes, sostenides por la gracia, por la memoria y por la resistencia.

Divinidad que nos acompaña, nos enseña a ser testigas y portadoras de tu esperanza y justicia. Haznos guardianas de la inocencia, defensoras de las infancias, construyendo un mundo menos adultocéntrico, donde se escuche, se respete y se proteja a les niñes. Que nuestros brazos se conviertan en abrigo, que nuestras palabras sean voz de cuidado, que nuestros corazones sean altares de reparación. En tu presencia, Esperanza, hacemos posible que ninguna cuerpa vuelva a vivir lo que no debió suceder jamás.

A manera de conclusión: La Teología Enferma también tendrá que estar Loca o no será

La Teología Enferma está ligada a la neurodivergencia y a la experiencia de enfermedad. Debe estar loca para representar nuestras vivencias de lo sagrado de manera integral, cercana e íntima. La teología se escribe desde las cuerpas adoloridas, heridas y violentadas; de ellas proviene el Reino de los Cielos.

La espiritualidad puede ser la única manera de mantenerse viva tras la violencia. Su práctica requiere responsabilidad en el liderazgo religioso y cuidado en el lenguaje. La sanación nunca implica olvidar; es comunitaria, estructural y nace de la reparación del daño y de la no repetición de hechos.

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