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Therians. ¿Qué espacios preferimos habitar?

Yuliet Teresa, Cuba-

Hay escenas que empiezan como un chiste y terminan como una pregunta incómoda. Imagínese: un hijo, amigo, sobrino… que llega a casa, se sienta en la punta de la silla —esa silla que cruje desde antes de que él naciera— y dice, con una serenidad que desarma: no soy humano, soy un lobo. No lo dice jugando. No hay risa. Lo dice con la gravedad con que otros dicen: soy hombre o mujer, padre o madre, soy campesina, arquitecta, soy artista. 

La primera reacción es el desconcierto. La segunda, el miedo. La tercera, si uno respira hondo, debería ser la pregunta.

En los últimos años, sobre todo en ese territorio sin aduanas que es internet, han proliferado jóvenes que se nombran “therians”: personas que sostienen que su identidad profunda no es humana sino animal. 

No es una metáfora literaria —no es decir “soy un lobo” para hablar de soledad o fiereza— sino una afirmación identitaria. Lo cuentan en videos breves, con orejas postizas y colas de felpa, pero también con lágrimas. Piden respeto. Piden reconocimiento.

En la pantalla todo cabe. En la pantalla uno puede ser guerrero medieval a las tres de la tarde y criatura mitológica a las cinco. La identidad, aquí, se vuelve una interfaz: se actualiza, se edita, se sube con filtros. Lo que en otro tiempo se ensayaba en el cuarto, frente al espejo, hoy se ensaya frente a una multitud invisible que valida con corazones rojos.

Pero que algo exista en la pantalla no lo convierte, automáticamente, en una causa histórica. Y ahí conviene afinar la mirada, porque no todo lo que reclama respeto pertenece al mismo orden de cosas.

Hay una diferencia sustantiva —y no menor— entre las identidades trans y este fenómeno. Las personas trans no renuncian a la humanidad: disputan el modo en que esa humanidad fue clasificada. Cuando alguien dice “soy mujer” aunque le hayan asignado otro sexo al nacer, está reclamando un lugar dentro de la comunidad humana. Está diciendo: las categorías de género con las que ustedes organizaron el mundo no alcanzan para nombrarme. Es una discusión sobre cómo entendemos lo humano, no una fuga de él.

Confundir esa lucha con la afirmación de una identidad no humana no solo es un error conceptual: es una injusticia política. Las identidades trans están ancladas en una historia de exclusión, violencia y reivindicación de derechos civiles. Tienen un marco jurídico, médico, filosófico, social. Se discuten en parlamentos, en tribunales, en aulas. No son una tendencia de temporada.

Lo otro pertenece a otro registro. Cuando un joven afirma que no es persona sino animal, no está pidiendo ampliar la definición de género sino desplazar la condición humana como eje. Y ahí la conversación cambia de tono.

Hay, además, una capa histórica que en ciertos contextos —pienso en sociedades marcadas por la esclavitud, por la deshumanización sistemática— no puede ignorarse. Durante siglos, a millones de personas se las comparó con bestias para justificar su explotación. “No son plenamente humanos”, se decía, y esa frase abría la puerta al látigo. La humanidad fue un privilegio negado, una frontera que hubo que cruzar a sangre y rebeldía.

Por eso, cuando hoy alguien enuncia una renuncia simbólica a lo humano, la frase no flota en el vacío: resuena contra esa memoria. No se trata de burlarse ni de aplastar. Se trata de recordar que la categoría de persona fue, para muchos, una conquista ardua.

Ahora bien: quedarse en la indignación es cómodo. Más difícil es preguntarse qué está diciendo, en el fondo, esa declaración. ¿Qué ocurre cuando un adolescente se siente más a salvo bajo la piel imaginaria de un animal que bajo su propio nombre? ¿Qué dice eso del mundo que le ofrecemos? 

Tal vez habla de una crisis de sentido: de una época donde las instituciones se erosionan, donde las promesas colectivas se diluyen y la identidad se vuelve el último territorio sobre el que ejercer soberanía. Si el trabajo es incierto, la política decepciona y el futuro es una neblina, al menos puedo decidir quién soy. O qué soy.

Eso no convierte automáticamente esa vivencia en un trastorno psicológico, pero tampoco obliga a celebrarla como una revolución ontológica. Entre la patologización y la consagración hay un espacio intermedio: el de la escucha crítica. Hay jóvenes con historias de soledad, de trauma, de exclusión, que encuentran en comunidades virtuales una narrativa que organiza su malestar. Otros, simplemente, experimentan. No todo es herida; no todo es identidad profunda.

El riesgo es doble. Por un lado, trivializar luchas serias —como las de las personas trans— metiéndolas en el mismo saco que cualquier autoidentificación surgida en redes. Por otro, ignorar que el deseo de dejar de ser humano puede ser síntoma de un malestar más vasto: una humanidad que, en su carrera tecnológica y su ansiedad productiva, ha perdido coordenadas.

Porque lo que está distorsionado no es solo la pantalla. Es el mundo que la alimenta. Un mundo donde la pertenencia se mide en seguidores, donde la validación llega en notificaciones y donde el cuerpo —ese territorio frágil— compite con avatares perfectos. En ese paisaje, ser humano puede sentirse insuficiente.

Quizás la tarea no sea discutir si alguien es o no es un lobo, sino reconstruir las condiciones para que ser persona no resulte una carga insoportable. Volver habitable la humanidad. Conversar en la mesa familiar, en el aula, en el barrio. Sin sarcasmo y sin consignas fáciles.

Preguntar antes de dictaminar.

Distinguir sin mezclar. Defender las luchas que amplían derechos dentro de la comunidad humana y, al mismo tiempo, acompañar con cuidado a quienes parecen querer salirse de ella.

En tiempos de confusión, tal vez el gesto más radical no sea inventar nuevas especies sino sostener, con terquedad y ternura, la idea de que lo humano —con sus grietas, sus contradicciones y su historia— sigue siendo un lugar que vale la pena habitar.

La autora es periodista, vive en Cuba. Pueden seguirla en https://www.facebook.com/profile.php?id=61586687797923

Imagen de meganoticias.cl

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