NiUnaMenos: cuando el silencio es la condena

Once años después de la primera marcha que puso en agenda la violencia machista en Argentina, el movimiento sigue interpelando a instituciones, comunidades y personas de fe. Reflexiones desde el Evangelio acerca de las “falsas denuncias”.
¿Qué hacemos con el dolor que no se nombra? Este año, la pregunta cobra una relevancia particular. Agostina Vega tenía 14 años. Desapareció un sábado a la noche en Córdoba y su familia salió a buscarla de inmediato. Denunciaron, golpearon puertas, indicaron claramente a dónde se había ido, y sin embargo, ni la denuncia ni la Alerta Sofía se activaron a tiempo.
El Estado llegó tarde. La policía tenía otras prioridades: custodiar un partido de fútbol. Cuando encontraron su cuerpo una semana después, el fiscal a cargo de la causa se paró frente a las cámaras y decidió omitir una palabra central para referirse al hecho: femicidio. Los medios hegemónicos hicieron lo que suelen hacer, poner la lupa sobre la vida de Agostina, cuestionar a su madre, y convertir al presunto femicida en un dato al margen.
El hombre acusado de matarla había privado ilegítimamente de la libertad a otra mujer un año antes. La justicia lo dejó libre. Agostina pagó con su vida esa decisión. Y hay preguntas sobre los posibles vínculos entre quienes debían protegerla y quienes no actuaron a tiempo que todavía esperan respuesta.
Mientras el caso de Agostina conmueve e indigna al país, en el Congreso de la Nación se debate una propuesta para agravar las penas ante denuncias consideradas falsas en casos de violencia de género y abuso infantil. El planteo se presenta como protección. Pero si el problema fuera realmente la proliferación de denuncias falsas, la justicia no estaría dejando en libertad a hombres con antecedentes de violencia hacia mujeres. El problema no es que se denuncia demasiado.
El problema es que la mayoría de las mujeres y niñeces violentadas no tiene justicia
Las denuncias falsas en casos de violencia de género no son el verdadero problema, porque representan menos del 0,01% del total de denuncias a nivel mundial. En Argentina también son un fenómeno marginal: representan apenas 1 en 1000 denuncias.
El problema real, masivo y documentado es que la mayoría de las mujeres y niñeces que viven situaciones de violencia no llegan al sistema judicial. No por falta de evidencia en las denuncias, sino por miedo. Miedo a no ser creídas, a perder a sus hijos e hijas, a quedar más expuestas, a enfrentar un proceso que revictimiza más que protege o repara.
Pensemos que casi el 90% de las víctimas de ofensas sexuales no se denuncia, según la Encuesta Nacional de Victimización del Indec. En el caso de las mujeres, casi la mitad de las argentinas sufrió violencia alguna vez en su vida, pero solo una de cada cuatro mujeres violentadas buscó ayuda o llegó a denunciar, de acuerdo con los datos de la Encuesta Nacional de Prevalencia de Violencia y la Iniciativa Spotlight. No existen denuncias falsas de abuso sexual contra las infancias.
Una ley que penaliza la denuncia no resuelve el miedo a denunciar. Por el contrario: lo profundiza. Si hablar puede tener consecuencias penales para las víctimas, el efecto es el silencio. Cabe preguntarse entonces: ¿a quiénes quieren defender?
«El que tenga oídos, que oiga.» Mateo 11,15.
La tradición bíblica tiene algo claro sobre el falso testimonio. El octavo mandamiento, «no darás falso testimonio contra tu prójimo», no es solo una advertencia contra la mentira. Es una advertencia contra construir relatos que dañan a los más vulnerables. Presumir que una mujer miente antes de escucharla es, en ese sentido, una forma de falso testimonio institucionalizado.
En Mateo 11, Jesús responde a quienes dudan de él, a quienes lo observan y no ven nada, a quienes tienen toda la información delante y eligen hacer oídos sordos. Oír, en el sentido que usa Jesús, es reconocer, es darle lugar a lo que el otro dice. Es asumir que esa voz merece ser tomada en serio antes de ser juzgada.
En el mundo en que vivía Jesús -y en la actualidad- hay voces que el sistema escucha y voces que el sistema descarta. Las mujeres y las infancias estaban, casi siempre, del lado de las descartadas.
Pensemos entonces: ¿a quién le damos oídos? ¿Quién tiene que demostrar que merece ser escuchada antes de que le creamos? ¿Qué pasa cuando el miedo a no ser creída es tan grande que el silencio parece más seguro que hablar?
Una propuesta legislativa que penaliza la denuncia le dice a las mujeres y a las infancias que hablar tiene un costo adicional. La justicia, antes de escuchar, desconfía.
El Evangelio no pide que las más vulnerables demuestren su credibilidad antes de ser oídas. Pide que quienes tienen oídos los usen.
La violencia de género no es un asunto privado: es un problema social, político y espiritual que interpela a las comunidades de fe tanto como a los Estados. No alcanza con condenar la violencia en abstracto si al mismo tiempo se construyen barreras para que las víctimas puedan hablar.
Una fe que cuida no puede quedarse en silencio cuando se amenaza el derecho a hablar, a ser escuchada y a tener justicia. Acompañar a las que son silenciadas es una posición evangélica. Por eso, este 3 de junio marchamos, recordamos y sostenemos: ¡Ni Una Menos! Yo escucho. Yo creo. Yo acompaño.
_En Argentina:
Línea 144
Para atención, contención y asesoramiento a personas en situación de violencia y riesgo.
Línea 102
Servicio gratuito y confidencial de atención a niños y adolescentes.
Fuente: https://horadeobrar.org.ar/
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